miércoles, 28 de mayo de 2014

Discurso de graduación

Aquí os dejamos el discurso que dio nuestro compañero Javier López Fonseca en el acto de graduación de los alumnos de bachillerato y ciclos formativos, el pasado lunes 26.
Para los que no asistieron al acto, y para los que ya lo escucharon pero quieran volverlo a leer.

¡Esperamos que os guste tanto como a nosotros! 


DISCURSO DE GRADUACIÓN
Francisco Javier López Fonseca

Alumnas y alumnos, madres y padres, compañeras y compañeros, autoridades y...autoridades
Antes de nada, agradecer a todos vuestra asistencia, y especialmente a los alumnos, a los míos porque, si habéis aprendido de mí la mitad de lo que yo he aprendido de vosotros, me sentiré recompensado; y a los que no habéis sido mis alumnos, me atrevo a decir lo mismo en nombre de vuestros profesores .
Hace un tiempo me llamó Ramón a su despacho. Esto puede suceder por tres razones:
 a) Tú has liado algo.
 b) Él te va a liar para algo.
 c) Otros motivos.
En este caso, corresponde con la segunda opción. Me propuso hablar en este acto... que si yo os conocía desde hace años... que si últimamente os acompaño a selectividad... Mi hemisferio derecho escuchaba atentamente, mientras el izquierdo valoraba, a toda velocidad, la conveniencia o no de aceptar, y en caso de que no, de cómo poder escaquearme... (esto de pensar con los dos hemisferios independientemente, mientras ponemos “cara de póker”, es una habilidad que os conviene entrenar para salir de muchas situaciones comprometidas). Ahí seguíamos, hasta que expuso un argumento definitivo: “Tú, como profesor de Filosofía, les puedes dar unos consejos a estos chicos para estos tiempos que corren”. Una consideración de este tipo hacia la Filosofía, en estos tiempos que corren, muestra la altura intelectual de Ramón, frente al enanismo del ministro de educación, señor Wert, que con su ley torticera, retrógrada, cicatera y clasista, infravalora su utilidad y dificultará a los futuros alumnos de Ciencias cursar la asignatura en 2º de Bachillerato. Considerar que la Filosofía es sólo para los de Letras, y que no es necesaria para los futuros científicos, supone, o ignorar su papel en la historia, o tener intenciones aviesas. En cualquiera de los dos casos, señor Wert, está usted en un puesto que no le corresponde; si no la considera necesaria, señor Wert, atrévase a eliminarla; y si la considera necesaria, ¿por qué no para todos?
Siento este alegato interesado y parcialista en este acto tan emotivo y familiar, pero, como se dice vulgarmente... “lo tenía a huevo”...
Así que aquí me tenéis, siguiendo la propuesta de Ramón, dispuesto a presentaros, desde la Filosofía, unos principios para triunfar en estos tiempos que corren y que os pueden ser útiles a todos, tanto a los de bachillerato como a los de ciclos porque todos salís al mercado laboral. Son sólo tres y fáciles, para que podáis llevarlos siempre con vosotros, sin necesidad de usar ningún dispositivo de memoria externa.
En primer lugar, el PRINCIPIO DE LA SABIA IGNORANCIA: “pensar es malo”. Tener ideas es peligroso, para uno mismo y para los demás. Pensar es cansado y sólo provoca más dudas de las que se tenían antes. Pensar es inútil. Si algo funciona, no te molestes en mejorarlo. ¡Que inventen ellos!. Es mejor parecer tonto que serlo. Además, siempre va a aparecer uno que se cree más listo que tú y que sabe hacer las cosas mejor que tú. ¡Relájate y disfruta! No te piques, porque al final acabaréis trabajando el doble los dos. ¡Si es tan bueno, que trabaje él! Tú tranquilo en tu sillón.
En segundo lugar, el PRINCIPIO DE COOPERACIÓN INDIVIDUALISTA: “El que tenga una idea, que la ejecute”. Hay mucho que hacer, muchas cosas que cambiar y mejorar. ¡Hay que trabajar... pero sólo lo justo! Os encontraréis muchas veces con personas que manifiestan ideas, pero no hacen nada para llevarlas a cabo. ¡Escapad de ellos! Son fáciles de reconocer: siempre comienzan sus propuestas con subjuntivos indefinidos del tipo: “Se podría hacer...”, “habría que cambiar...”, o con subjuntivos plurales: “Deberíamos hacer...”, “podríamos cambiar...”. ¡Ojo! A final, acabáis haciendo su trabajo vosotros.
Estos dos principios pueden parecer, a primera vista, contradictorios; sin embargo, se unen bajo el conocido “principio de incompetencia de Peter”, formulado por Laurence J. Peter en 1969, y que dice: “En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel máximo de incompetencia”. De éste principio, extrajo dos corolarios:
 a) con el tiempo, todo puesto tiende a ser ocupado por un empleado que es  incompetente para desempeñar sus obligaciones.
 b) el trabajo es realizado por aquellos empleados que no han alcanzado todavía su nivel de incompetencia.
Así, cuando estéis en la parte baja de la jerarquía, aplicad el principio de la “cooperación individualista”: no hagáis el trabajo de otro; cuando estéis en la parte alta de la jerarquía, aplicad el principio de la “sabia ignorancia”: que trabajen otros. O en su versión más canalla: “aprovéchate de tus padres hasta que puedas aprovecharte de tus hijos”.
Estos dos principios se resumen en un tercero, el PRINCIPIO DE MEDIOCRIDAD SUBLIME (o como le gustaba llamarlo a los romanos: el “aurea mediocritas”: “Nunca seas ni el primero ni el último”: el primero, porque siempre le dan en la frente; el último, porque siempre le dan por... ejem... el último porque nunca gana....
Como veis, siguiendo estos principios, yo ya he alcanzado mi nivel de incompetencia... miento, hoy he ascendido otro peldaño, soy el padrino de la graduación, puesto para el que estoy demostrando, como veis, mi absoluta incompetencia; sin embargo, en estos tiempos que corren, otros siguen ascendiendo, por ejemplo... sí, ese que todos estamos pensando... el ministro de educación, señor Wert...
Ahora podríamos preguntarnos: ¿y qué tiene que ver todo esto con la Filosofía?
Recordemos la escuela cínica, aquella fundada por Antístenes en el siglo IV a. C., y cuyo representante más conocido es Diógenes de Sinope. Consideraban que la forma de vida civilizada era un mal, y que la felicidad sólo podía alcanzarse siguiendo una vida simple y de acorde con la naturaleza. Por eso, despreciaban la riqueza y cualquier posesión material, más allá de lo estrictamente necesario para sobrevivir. El hombre con menos necesidades era el hombre más libre y el más feliz. De ahí el nombre que recibieron: cínicos, de kyon, perro, por su vida moderada, rayando la miseria.
Cuentan aquella anécdota (aunque no es seguro que sea cierta) en la que iba Alejandro Magno paseando, se encontró a Diógenes metido en un tonel, y le dijo que le pidiera lo que quisiera, que se lo concedería. A lo que contestó: “apártate, que me quitas el sol”. U otra aquella en que le preguntaron por qué la gente daba limosna a los pobres y no a los filósofos, a lo que respondió: “Porque piensan que pueden llegar a ser pobres, pero nunca llegar a ser filósofos” Sus escritos eran sátiras en las que, con ironía, sarcasmo y burla, criticaban la corrupción de las costumbres y los vicios de la época, con una actitud irreverente, a la que llamaban “anaideia”.
Aquí tenéis, pues, un modesto ejercicio de sátira cínica sobre los tiempos que corren. Y si alguien se ha sentido ofendido, interpretad lo dicho en este sentido y sed indulgentes con este pobre y tonto orador. Pido disculpas a todos, incluido al señor Wert, aunque éste se defiende bastante bien con el cinismo.
Y quiero aclarar, para que no se me malinterprete, que en ningún momento dudé en aceptar el ofrecimiento para ser el padrino de la graduación; es para mí un gran honor estar aquí. El planteamiento inicial era sólo parte del tono del discurso.
Para terminar tres consejos, y ahora sí, de corazón:
 — como os pediría Aristóteles, perseguid la excelencia en todo lo que os propongáis.
 — como haría Epicuro, buscad el placer, en todos sus sentidos, pero siempre con moderación.
 — y, como se despedía San Felipe Neri en aquella entrañable serie de los 80: “Sed buenos... si podéis”.

Muchas gracias, y mucha suerte.

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